Viernes documental 2: Bucarest, la memoria perdida (Albert Solé, 2008)

bucarest

Ganador del Goya al Mejor Documental, esta pieza nos ofrece el viaje personal del director hacia su pasado, que se corresponde, al mismo tiempo, con una parte de la historia reciente muy poco tratada en los medios: la vida de los exiliados comunistas durante la Dictadura.

El alzheimer que padece su padre, el ex-diputado (y “padre” de la Constitución) Jordi Solé Tura, sirve como excusa para que Albert intente reconstruir su vida, y también la de sus padres. Gracias a testimonios y entrevistas con amigos, familiares y a sus propios recuerdos, Solé habla de su niñez, pero también de la resistencia, de la Pirenaica, de las luchas de poder dentro del partido comunista, de la vida en la clandestinidad… de todas aquellas cosas que un niño no entiende, pero que le quedan grabadas.

Sin embargo, este documental habla, sobretodo, del olvido. Del olvido forzado, como el provocado por las enfermedades, y del olvido elegido, como el de un país que obliga a que se te ignore o el de los amigos que deciden ignorarte.

Quienes podáis permitíroslo, podéis ver el documental el Filmin (solo cuesta 1,95 € y estaréis apoyando al cine independiente y a sus distribuidoras en una semana de malas noticias).
Si no, podéis verlo de manera gratuita en la página de RTVE.

El de los aeropuertos y las referencias no académicas

Los aeropuertos son lugares curiosos.

Recuerdo estar en clase, hace unos años, y que el profesor los denominaba como un “no lugar”: un sitio impersonal, atemporal, de paso… un lugar que no deja huella. Quizás sea porque ahora estoy escribiendo desde uno, pero no puedo evitar no estar de acuerdo. Un aeropuerto puede llegar a implicarlo todo.

Cuando era pequeña me encantaba ver el momento en el que los aviones aterrizaban. Significaba que alguien volvía después de haberse ido. Mi padre de un congreso, mis hermanos después de un viaje… como decían en Love Actually, los aeropuertos son lugares de oportunidades. De reencuentros, de regresos. De miradas ansiosas en busca de la persona esperada. De la alegría después del abrazo. De los regalos que me traían como recuerdo… a mis 6 años, los aeropuertos eran simplemente el lugar perfecto.

Según fui creciendo, descubrí un poco más lo que era la vida, y comprendí que los aeropuertos puede que signifiquen que alguien llega, pero también que volverá a marcharse. Por unos días, por unos meses, o directamente para no volver. Los aeropuertos empezaron a parecerme los sitios en los que se materializan las últimas oportunidades. Quedarte o irte. Sí o no. Al fin y al cabo, Ross y Rachel se perdieron en un aeropuerto. Dos veces.

Parece que ahora que ya soy mayor, los aeropuertos comienzan a convertirse en rutina. En espacios inevitables por los que camino, bien por trabajo o  por placer. Pero cuando voy o vengo,  quiero creer que no sé si alguien me espera con un regalo. O si lo único que me aguarda es una casa vacía y un montón de ropa para planchar. Efectivamente, el aeropuerto es el último lugar en el que puedo concebir esperanza.

Los aeropuertos pueden ser lugares curiosos. Y los tiempos de espera, también.

Aeropuerto

La Maleta Mexicana

Hace unos años alguien me habló de una foto y de una fotógrafa. La fotógrafa era Gerda Taro y la instantánea, tomada en 1936, fue tomada por Robert Capa mientras Gerda dormía.

Tardé unos cuatro años en poder ver esta foto pero de alguna manera, aunque la desconociese, consiguió obsesionarme. Leí todo lo que pude sobre Taro, sobre Capa y sobre la famosa Maleta Mexicana. Por eso, cuando en junio se publicó el documental de Trisha Ziff sobre la Maleta, tuve que comprarlo.

Para los que no estéis familiarizados con esta historia, os pongo en antecedentes: Robert Capa, Chim y Gerda Taro eran tres fotógrafos de origen judío que trabajaban por cuenta propia. En 1936, los tres, por motivos éticos y morales, decidieron cubrir la Guerra Civil española. Trabajaban para la causa Republicana haciendo fotos tanto de los combates como de las ciudades o de la población civil para luego vender las instantáneas a distintas revistas y agencias. Ellos eran los dueños de su trabajo (de las decisiones artísticas, técnicas o de los negativos).

Para revelarlos, Capa mandaba los rollos a París a su amigo Cziki Weisz, dueño de un laboratorio fotográfico: él era el encargado de revelar y custodiar los negativos. Las cosas se complicaron cuando los nazis entraron en París: Weisz, también de origen judío, escapó con los rollos hasta Burdeos y consiguió que alguien que los llevara hasta el consulado Mexicano. Cuando el General Francisco Aguilar González, representante de México en Vichy, embarcó hacia México junto con otros refugiados españoles (curiosamente, y ajeno a todo esto, Chim partiría también en uno de esos barcos), metió las maletas con los negativos entre su equipaje. De todos los negativos que estaban en su poder, Weisz había decidido que esos y no otros merecían ser salvados.


Por causas no muy claras, el General no dio uso a los negativos, y estos acabaron olvidados en un armario hasta 1995, cuando, literalmente en su lecho de muerte, la hija de Aguilar González se los regala a Benjamin Tarver, hijo de una amiga. Tarver, curioso por descubrir el significado del contenido de la Maleta, empezó a investigar y a preguntar sobre ellos a sus contactos en Estados Unidos.
Paralelamente, Cornell Capa, hermano de Robert que sabía de la existencia de los negativos, seguía con su búsqueda para descubrir su paradero. Tarver y Capa llegaron a cartearse y, en 2004, se realizó una oferta de compra de 25.000 $ por las Maletas. Tarver, “por respeto hacia los fotógrafos y los fotografiados“, no estaba convencido de vender y rechazó la oferta.
Finalmente, entra en escena Trisha Ziff, la directora de este documental. Como mediadora entre las partes, consiguió que Tarver cediese los negativos a un lugar que había demostrado previamente un gran interés por las Maletas y en el que, además, estaba asegurado su cuidado y su puesta a disposición de todo aquel que quisiera observarlas: el International Center of Photography (fundado por Cornell Capa).  Así, Tarver vio cumplido su deseo de respeto a la historia de los negativos, Cornell Capa consiguió recuperar la herencia de su hermano meses antes de morir, y la Maleta Mexicana por fin fue “encontrada”.

El documental explica estos y otros hechos más detalladamente. No obstante, hubo algo que consiguió llamar más mi atención: cuando se le pregunta al fotógrafo Pedro Meyer acerca de las Maletas, este se lamenta de que Estados Unidos se haya hecho con los negativos. Para él, la Maleta es una metáfora de los españoles exiliados en México, y no se debería permitir que los Estados Unidos acaben expoliando siempre el patrimonio cultural ajeno. Para él, las Maletas son mexicanas y en México se deberían haber quedado. Meyer concluye pidiendo que, por lo menos, México pueda tener copias de los negativos para que la gente pueda acceder libremente a parte de “su propia historia” cuando lo necesite.
Por otra parte, el escritor y periodista mexicano Juan Villoro defiende que la misión del pueblo mexicano debe ser ahora la de dotar de sentido a esa Maleta, ya que los estadounidenses tienden a descontextualizar los elementos y a despojarlos siempre de su significado total.

Y aquí, yo encuentro una diferencia clara: una cosa son las maletas y, otra, son las fotos.
En el fotoperiodismo hay una barrera difusa entre lo público y lo privado. Se informa a través de lo que se ve, ya sea un campo destrozado por una bomba o un grupo de personas disfrutando de la playa en un día de calor. Así, si estás en un lugar público, eres un elemento al servicio público. En este caso, los fotografiados no tienen ningún derecho sobre las imágenes y los negativos pertenecen a los familiares de los fotógrafos (a los de los tres, aunque los de Chim y Taro no reclamasen). Sin embargo, aunque Cornell Capa, único heredero legítimo intentó recuperar su herencia, fue Tarver, un tercero, el que decidió sobre el destino de la Maleta.
Y hay algo sobre lo que se debería reflexionar: hubo un periodo de tira y afloja desde que se descubrió la Maleta en 1995 hasta el 2007, año en el que pasaron al ICP. Pese a que la exposición itinerante (que también viajará a ciudades como París o Arlés) cuenta con la colaboración del Consulado Español, no parece que ningún organismo estatal intentase participar en esas negociaciones para conseguir los negativos. Tampoco parece que intentaran conseguir lo que Meyer exigía, una copia  de los mismos para que podamos consultar nuestra propia historia.
Sin embargo, son los intelectuales mexicanos los que hablan de pérdida y no los españoles.

En un momento del documental, Victoria González Román (que también explica su historia en este reportaje de Informe Semanal) cuenta la emoción que sintió cuando, por casualidad, decidió entrar a ver la exposición en Nueva York y dio con una foto de su abuela. Cuando hace unas semanas pude ver la muestra en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, coincidí con una pareja de ancianos que buscaba entre las fotografías un retrato del padre de él. Lamentablemente, la foto que buscaban no estaba expuesta.
Labores de búsqueda parecidas, aunque a mayor escala, fueron llevadas a cabo por elPeriódico a raíz de la visita de la exposición itinerante de la Maleta al Museo Nacional d´Art de Catalunya, o por el equipo de Informe Semanal para la realización de su reportaje. Las fotos dejan de ser “sólo” imágenes tomadas por unos fotógrafos famosos y se convierten en una parte de la Historia que los periodistas tratan de reconstruir.
Y es que puede que la Maleta sea un símbolo del exilio español en México, pero su contenido es sin duda historia española. Y lamentablemente sólo tenemos acceso a ella a través de un caro catálogo editado por La Fábrica o a través de limitadas iniciativas de instituciones privadas, como la del CBA, o de instituciones con dependencia autonómica, como las del MNAC o del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Así que desde aquí, mi humilde contribución a la causa y a los que se esfuerzan para que recordemos. Para que no se olvide.